No, Sr. Ministro, no puede hacer un nuevo Silicon Valley

Por todo el mundo, hay gobiernos nacionales y regionales envidiosos deseando construir un nuevo Silicon Valley en su país, celosos del prestigio tecnológico y empresarial que supone lo que ha sido un veritable motor para la economía de EE UU desde hace 40 años. Sigue leyendo para descubrir por qué es probable que sus intentos se vean para siempre frustrados.

No, Sr. Ministro, no puede hacer un nuevo Silicon Valley

El deseo de los políticos y empresarios menores de todo el planeta a convertirse en miembros del club de Silicon Valley se puede entender. Silicon Valley da trabajo a más de 250.000 personas en puestos bien remunerados dentro de la industria tecnológica y allí tienen su sede la mayoría de las empresas más famosas de la era Internet: Adobe, AMD, Apple, Cisco, eBay, Facebook, Google, HP, Intel, Logitech, McAfee, Mozilla, Oracle, Palm, PayPal, Siemens, Sun, Symantec y Yahoo se basan todas en o cerca de Silicon Valley.

Por emocionante que sea el proyecto, sin embargo, los gobiernos del mundo se están engañando si creen que pueden legislar o subvencionar la existencia del nuevo Silicon Valley dentro de su próximo mandato de cuatro o cinco años.

El ejemplo más reciente lo tenemos gracias a un reciente artículo del New York Times: Rusia quiere crear Cupertino-2 pero parece que los deseos de Putin se verán obstaculizados por ciertos problemas culturales de la época soviética. El fundador ruso de Kaspersky Lab desea lo mejor a su gobierno pero avisa de que:

“el gobierno debería limitarse a ofrecer incentivos fiscales e infraestructura…”Rusia tiene muchos ingenieros informáticos con talento pero no muchas empresas de éxito,” dijo. La gente todavía tiene un telón de acero mental.”

El periódico nos cuenta que incluso Michael Dell ofreció personalmente su ayuda a Putin pero Vladimir Vladimirovich no recibió la oferta con demasiado entusiasmo: “No necesitamos ayuda. No somos unos minusválidos. No tenemos una capacidad mental limitada.

Nairobi en África, Banaglore en la India, varias regiones de España, la Glorieta Silicon en Londres y Kenya quieren todos convertirse en el siguiente miembro del exclusivo Club de Silcon Valley.

El Partido Conservador en el Reino Unido – queriendo convertir al país en ‘el lugar más rápido del mundo dónde empezar un negocio’ – hace incluso referencia a Silicon Valley en el manifiesto electoral del partido para las elecciones generales del 2010:

“A pesar de tener una población 20 veces menor que el Reino Unido, Silicon Valley es un referente global para la innovación y la empresa que atrae más inversión de capital riesgo que todo el Reino Unido. A la cabeza de la revolución de Internet, Silicon Valley se está convirtiendo en un referente mundial para el desarrollo de las tecnologías verdes. Estos éxitos se deben a una mano de obra altamente cualificada, a unas excelentes universidades, la facilidad de crear una empresa y la disponibilidad de crédito y la inversión.”

Tanto los empresarios españoles como la Canciller alemana Angela Merkel han visitado recientemente Silicon Valley para intentar hacerse con un poco de su espíritu de alta tecnología y también alto nivel de ingresos pero el presidente del proyecto tecnológico Málaga Valley en el sur de España nos indica dónde la mayoría de los esfuerzos gubernamentales de este tipo acabarán:

“es “una idea magnífica” pretender vender la imagen de Málaga al exterior y fijarse para ello en el modelo del Silicon Valley de California, de manera que la ciudad se convirtiera en un “referente”, atrayendo a empresas. Sin embargo, ha advertido de que “esa idea se ha quedado sólo en una foto en las escaleras del Ayuntamiento cada seis meses y poco más.”

Así que, ¿qué se necesita para hacer un nuevo Silicon Valley en otro sitio?

Paul Graham, uno de los fundadores de la empresa de capital riesgo estadounidense Y Combinator, ha escrito mucho sobre lo que, en su opinión, los gobiernos y empresarios en algún lugar del mundo tendrían que hacer para recrear Silicon Valley o incluso para empezar a ganarle a Silicon Valley algunas partidas.

Lejos de los intentos de construir parques tecnológicos y científicos ordenados por los gobiernos con unos puntos porcentuales de incentivos fiscales, la fórmula más realista del Sr. Graham podría reducirse a:

(los frikis de la informática + los inversores en tecnología ricos que además han creado ellos mismos proyectos tecnológicos de éxito + una gran ciudad + una gran universidad + una actitud liberal hacia la vida) x el tiempo.

Mira cómo la intervención gubernamental – en forma de parques tecnológicos, incentivos fiscales o subvenciones – no aparece en su fórmula. Combina eso con los varios ciclos de inversión en proyectos nuevos, de una duración media de cinco años, que hacen falta y puedes empezar a discernir por qué les sería difícil a los políticos crear un nuevo Silicon Valley en sus países.

De hecho, la ausencia de la intervención gubernamental parece ser incluso un requisito, incluso si los gobiernos intentaran subvencionar los proyectos nuevos, algo que a primera vista parece de gran ayuda. El Sr. Graham nos lo explica:

“¿No funcionaría si el gobierno invirtiera en los proyectos de los frikis? No. Los inversores en los nuevos proyectos tecnológicos son un tipo de ricos muy especiales. Suelen tener mucha experiencia propia en el sector tecnológico. Esto a) les ayuda a elegir bien los proyectos y b) significa que pueden ofrecer consejos y contactos además de dinero. Los burócratas son por naturaleza la antítesis de los inversores en proyectos tecnológicos. La idea de verles haciendo inversiones en proyectos tecnológicos me hace reírme. Sería como si unos matemáticos intentaran editar Vogue.”

Paul Graham piensa que otro país sí podría ganarle a Silicon Valley unas partidas si, además de ofrecer las condiciones adecuadas, pudiera hacer dos cosas adicionales: implantar una política de inmigración liberal para atraer al capital humano de otros países para poder trabajar en grandes proyectos y segundo ofrecer incentivos fiscales no para las empresas nuevas en sí sino para los inversores en forma de incentivos fiscales para las plusvalías:

“No parece importante tener el IRPF más bajo, porque para beneficiarse de eso la gente tiene que mudarse. Pero si varías los impuestos sobre las plusvalías, mueves tus activos, no te cambias de ciudad, así que se reflejan los cambios a velocidad de mercado. Cuanto más bajo sea el impuesto, más barato será comprar acciones en empresas en fase de crecimiento antes que invertir en el sector inmobiliario, los bonos o las acciones con dividendo.”

El papel de una cultura liberal y una mente abierta

El Sr. Graham también apunta al papel que juega una cultura liberal en determinar el éxito de un proyecto tecnológico nuevo:

“Sin excepción las ciudades de alta tecnología en EE UU también son las más liberales. Pero no es porque los liberales sean más listos. Es porque las ciudades liberales toleran las ideas raras, y la gente lista por definición tiene ideas raras.”

Ésta es una idea que ha explorado también el autor John Markoff en el libro “Lo Que Dijo el Lirón: Cómo la Contracultura de los Años Sesenta Dio Forma a la Industria del Ordenador Personal,” publicado en 2005:

“Markoff argumenta que hubo una conexión directa entre la contracultura de los años cincuenta y sesenta (con la ayuda de ejemplos como Kepler’s Books en Menlo Park, California) y el desarrollo del sector informático.”

Parece ser que Kepler’s Books era un lugar de encuentro mítico en los sesenta para los forófos de la contracultura:

“en los años sesenta y setenta, la cultura de Kepler’s empezó a convertirse en una contracultura más amplia. A los intelectuales de la generación Beat y los pacifistas se unieron “los que trabajan en Whole Earth, los hippies a quienes les molaba el tema rock and roll y el tema de las drogas, los activistas políticos y los que se interesaban por los grupos étnicos.” El Grateful Dead hacía conciertos allí.”

Kepler’s Books se encuentra en la ciudad de Menlo Park. Uno de los residentes famosos de Menlo Park se llamaba Fred Moore. Fred Moore creó algo que se llamaba el Homebrew Computer Club en el garaje de un amigo. Steve Jobs y Steve Wozniak – los fundadores de Apple – eran miembros de ese club. Bill Gates escribió una carta famosa a los miembros del club, publicándola en su boletín y cargando “contra los primeros piratas de la época por piratear las aplicaciones de software comercial.”

Resumiendo, en los años sesenta, varios círculos visionarios de gente se juntaron – a veces en las Fundaciones de Stanford, a veces en Kepler’s Books y a veces en reuniones alucinógenas en las montañas de Santa Cruz – y se dieron cuenta de que el ordenador personal se convertiría en una herramienta que realzaría el poder de la mente y que enriquecería el potencial humano de la misma manera que una droga psicodélica.”

¿Puedes imaginar a Vladimir Putin, Gordon Brown, Zapatero o el ayuntamiento de tu ciudad siendo lo suficientemente listos como para permitir algo así? Yo tampoco.

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